Frente al diagnóstico más pesimista en competencias cognitivas, el estudio identifica una noticia inusualmente positiva para España en las habilidades socioemocionales. España no parte por detrás de Europa, de hecho, en los datos de PIAAC sobre los cinco grandes rasgos de personalidad (responsabilidad, estabilidad emocional, extraversión, amabilidad y apertura) España muestra puntuaciones muy similares a las de países europeos comparables, con diferencias mínimas y sin un patrón claro de rezago.
Este hecho cobra más relevancia al conectarlo con la evolución del mercado laboral a nivel internacional. La evidencia de referencia (Deming, 2017) documenta que, entre 1980 y 2012, las ocupaciones intensivas en interacción social ganaron casi doce puntos porcentuales de peso en el empleo estadounidense, mientras retrocedían las ocupaciones de alto contenido matemático pero baja interacción social. La explicación al respecto es intuitiva, las habilidades sociales reducen los costes de coordinación, son complementarias de las cognitivas y, sobre todo, resultan mucho más difíciles de automatizar que las tareas rutinarias.
Este último punto adquiere una dimensión estratégica en la era de la inteligencia artificial. Lejos de devaluar las competencias humanas, la evidencia disponible apunta a que la IA complementa precisamente el juicio, la creatividad y la interacción que las máquinas no pueden replicar, revalorizando así las habilidades que España ya tiene en niveles homologables a los de sus socios europeos. Además, a diferencia de las competencias cognitivas (que se fraguan sobre todo en la infancia), las habilidades socioemocionales pueden desarrollarse a lo largo de toda la vida laboral. El reto para España, por tanto, no es cerrar una brecha, sino no desaprovechar una de las pocas dimensiones del capital humano en las que parte en igualdad de condiciones.