En apenas dos décadas y media, España ha protagonizado una de las transformaciones educativas más profundas de toda la Unión Europea. En 2002, casi uno de cada tres jóvenes de entre 18 y 24 años abandonaba el sistema educativo sin completar la secundaria; hoy esa cifra se sitúa en el 12,8%, mínimo histórico, tras haber caído más de 18 puntos porcentuales. Los datos hablan por sí solos, pero cuentan sobre todo una historia de generaciones: la de una economía que ha sustituido a marchas forzadas cohortes con baja formación por otras cada vez más preparadas.
El resultado se aprecia con nitidez en la composición del capital humano español. La población con estudios superiores ha duplicado su tamaño desde 2002 (+119%) hasta superar los 14 millones de personas, mientras que quienes cuentan con estudios medios han aumentado cerca de un 70%, aproximándose a los 10 millones. En paralelo, la población con estudios bajos se ha reducido alrededor de un 18%, desde cerca de 22 millones hasta unos 18 millones. España ya no puede describirse como una economía con escasez de capital humano: casi cuatro de cada diez adultos cuentan hoy con titulación universitaria, una proporción que solo supera Francia entre las grandes economías europeas.
El progreso, sin embargo, convive con matices que conviene no perder de vista. Pese a la drástica reducción del abandono escolar, España continúa entre los países con mayor incidencia de Europa (solo por detrás de Rumanía y Alemania) y todavía se sitúa por encima de la media comunitaria (9,1%) y lejos del nuevo objetivo del 9% fijado para 2030. El caso alemán, además, sirve de recordatorio incómodo: incluso los sistemas educativos más sólidos pueden retroceder si no se adaptan a los cambios del mercado de trabajo.
La lectura de fondo, no obstante, es clara. La expansión educativa ya no es el frente prioritario de la economía española. El reto se ha desplazado: de acumular más capital humano a aprovechar mejor el que ya se tiene, una cuestión que atraviesa el resto de este estudio.